DEL SUMO PONTÍFICE
FRANCISCO
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y A LOS DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA FE
3
1. La luz de la fe: la tradición de la Iglesia ha
indicado con esta expresión el gran don traído
por Jesucristo, que en el Evangelio de san Juan
se presenta con estas palabras: « Yo he venido
al mundo como luz, y así, el que cree en mí no
quedará en tinieblas » (Jn 12,46). También san Pablo
se expresa en los mismos términos: « Pues el
Dios que dijo: “Brille la luz del seno de las tinieblas”,
ha brillado en nuestros corazones » (2 Co
4,6). En el mundo pagano, hambriento de luz, se
había desarrollado el culto al Sol, al Sol invictus,
invocado a su salida. Pero, aunque renacía cada
día, resultaba claro que no podía irradiar su luz
sobre toda la existencia del hombre. Pues el sol
no ilumina toda la realidad; sus rayos no pueden
llegar hasta las sombras de la muerte, allí donde
los ojos humanos se cierran a su luz. « No se ve
que nadie estuviera dispuesto a morir por su fe en
el sol »,1 decía san Justino mártir. Conscientes del
vasto horizonte que la fe les abría, los cristianos
llamaron a Cristo el verdadero sol, « cuyos rayos
dan la vida ».2 A Marta, que llora la muerte de su
hermano Lázaro, le dice Jesús: « ¿No te he dicho
que si crees verás la gloria de Dios? » (Jn 11,40).
Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo
1 Dialogus cum Tryphone Iudaeo, 121, 2: PG 6, 758.
2 Clemente de Alejandría, Protrepticus, IX: PG 8, 195.
4
el trayecto del camino, porque llega a nosotros
desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que
no conoce ocaso.
¿Una luz ilusoria?
2. Sin embargo, al hablar de la fe como luz,
podemos oír la objeción de muchos contemporáneos
nuestros. En la época moderna se ha pensado
que esa luz podía bastar para las sociedades
antiguas, pero que ya no sirve para los tiempos
nuevos, para el hombre adulto, ufano de su razón,
ávido de explorar el futuro de una nueva
forma. En este sentido, la fe se veía como una
luz ilusoria, que impedía al hombre seguir la audacia
del saber. El joven Nietzsche invitaba a su
hermana Elisabeth a arriesgarse, a « emprender
nuevos caminos… con la inseguridad de quien
procede autónomamente ». Y añadía: « Aquí se
dividen los caminos del hombre; si quieres alcanzar
paz en el alma y felicidad, cree; pero si quieres
ser discípulo de la verdad, indaga ».3 Con lo
que creer sería lo contrario de buscar. A partir de
aquí, Nietzsche critica al cristianismo por haber
rebajado la existencia humana, quitando novedad
y aventura a la vida. La fe sería entonces como un
espejismo que nos impide avanzar como hombres
libres hacia el futuro.
3 Brief an Elisabeth Nietzsche (11 junio 1865), en Werke in
drei Bänden, München 1954, 953s.
5
3. De esta manera, la fe ha acabado por ser
asociada a la oscuridad. Se ha pensado poderla
conservar, encontrando para ella un ámbito que
le permita convivir con la luz de la razón. El espacio
de la fe se crearía allí donde la luz de la
razón no pudiera llegar, allí donde el hombre ya
no pudiera tener certezas. La fe se ha visto así
como un salto que damos en el vacío, por falta de
luz, movidos por un sentimiento ciego; o como
una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón,
de dar consuelo privado, pero que no se
puede proponer a los demás como luz objetiva
y común para alumbrar el camino. Poco a poco,
sin embargo, se ha visto que la luz de la razón autónoma
no logra iluminar suficientemente el futuro;
al final, éste queda en la oscuridad, y deja al
hombre con el miedo a lo desconocido. De este
modo, el hombre ha renunciado a la búsqueda
de una luz grande, de una verdad grande, y se ha
contentado con pequeñas luces que alumbran el
instante fugaz, pero que son incapaces de abrir el
camino. Cuando falta la luz, todo se vuelve confuso,
es imposible distinguir el bien del mal, la
senda que lleva a la meta de aquella otra que nos
hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija.
Una luz por descubrir
4. Por tanto, es urgente recuperar el carácter
luminoso propio de la fe, pues cuando su llama
se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo.
Y es que la característica propia de la luz
de la fe es la capacidad de iluminar toda la exis6
tencia del hombre. Porque una luz tan potente no
puede provenir de nosotros mismos; ha de venir
de una fuente más primordial, tiene que venir,
en definitiva, de Dios. La fe nace del encuentro
con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su
amor, un amor que nos precede y en el que nos
podemos apoyar para estar seguros y construir
la vida. Transformados por este amor, recibimos
ojos nuevos, experimentamos que en él hay una
gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada
al futuro. La fe, que recibimos de Dios como don
sobrenatural, se presenta como luz en el sendero,
que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una
parte, procede del pasado; es la luz de una memoria
fundante, la memoria de la vida de Jesús,
donde su amor se ha manifestado totalmente fiable,
capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo
tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más
allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro,
que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva
más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más
amplia comunión. Nos damos cuenta, por tanto,
de que la fe no habita en la oscuridad, sino que es
luz en nuestras tinieblas. Dante, en la Divina Comedia,
después de haber confesado su fe ante san
Pedro, la describe como una « chispa, / que se
convierte en una llama cada vez más ardiente / y
centellea en mí, cual estrella en el cielo ».4 Deseo
hablar precisamente de esta luz de la fe para que
crezca e ilumine el presente, y llegue a convertirse
4 Paraíso XXIV, 145-147.
7
en estrella que muestre el horizonte de nuestro
camino en un tiempo en el que el hombre tiene
especialmente necesidad de luz.
5. El Señor, antes de su pasión, dijo a Pedro:
« He pedido por ti, para que tu fe no se apague »
(Lc 22,32). Y luego le pidió que confirmase a sus
hermanos en esa misma fe. Consciente de la tarea
confiada al Sucesor de Pedro, Benedicto XVI decidió
convocar este Año de la fe, un tiempo de gracia
que nos está ayudando a sentir la gran alegría
de creer, a reavivar la percepción de la amplitud de
horizontes que la fe nos desvela, para confesarla
en su unidad e integridad, fieles a la memoria del
Señor, sostenidos por su presencia y por la acción
del Espíritu Santo. La convicción de una fe que
hace grande y plena la vida, centrada en Cristo
y en la fuerza de su gracia, animaba la misión de
los primeros cristianos. En las Actas de los mártires
leemos este diálogo entre el prefecto romano
Rústico y el cristiano Hierax: « ¿Dónde están tus
padres? », pregunta el juez al mártir. Y éste responde:
« Nuestro verdadero padre es Cristo, y nuestra
madre, la fe en él ».5 Para aquellos cristianos, la fe,
en cuanto encuentro con el Dios vivo manifestado
en Cristo, era una « madre », porque los daba a luz,
engendraba en ellos la vida divina, una nueva experiencia,
una visión luminosa de la existencia por
la que estaban dispuestos a dar testimonio público
hasta el final.
5 Acta Sanctorum, Junii, I, 21.
8
6. El Año de la fe ha comenzado en el 50 aniversario
de la apertura del Concilio Vaticano II.
Esta coincidencia nos permite ver que el Vaticano
II ha sido un Concilio sobre la fe,6 en cuanto
que nos ha invitado a poner de nuevo en el centro
de nuestra vida eclesial y personal el primado
de Dios en Cristo. Porque la Iglesia nunca presupone
la fe como algo descontado, sino que sabe
que este don de Dios tiene que ser alimentado
y robustecido para que siga guiando su camino.
El Concilio Vaticano II ha hecho que la fe brille
dentro de la experiencia humana, recorriendo así
los caminos del hombre contemporáneo. De este
modo, se ha visto cómo la fe enriquece la existencia
humana en todas sus dimensiones.
7. Estas consideraciones sobre la fe, en línea
con todo lo que el Magisterio de la Iglesia ha
declarado sobre esta virtud teologal,7 pretenden
sumarse a lo que el Papa Benedicto XVI ha escrito
en las Cartas encíclicas sobre la caridad y la
6 « Si el Concilio no trata expresamente de la fe, habla de
ella en cada una de sus páginas, reconoce su carácter vital y
sobrenatural, la supone íntegra y fuerte, y construye sobre ella
sus doctrinas. Bastaría recordar las afirmaciones conciliares […]
para darse cuenta de la importancia esencial que el Concilio,
coherente con la tradición doctrinal de la Iglesia, atribuye a la fe,
a la verdadera fe, la que tiene como fuente a Cristo y por canal
al magisterio de la Iglesia » (Pablo VI, Audiencia general [8 marzo
1967]: Insegnamenti V [1967], 705).
7 Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius, sobre
la Fe católica, cap. III: DS 3008-3020; Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 5; Catecismo
de la Iglesia Católica, 153-165
9
esperanza. Él ya había completado prácticamente
una primera redacción de esta Carta encíclica
sobre la fe. Se lo agradezco de corazón y, en la
fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo,
añadiendo al texto algunas aportaciones. El Sucesor
de Pedro, ayer, hoy y siempre, está llamado a
« confirmar a sus hermanos » en el inconmensurable
tesoro de la fe, que Dios da como luz sobre
el camino de todo hombre.
En la fe, don de Dios, virtud sobrenatural
infusa por él, reconocemos que se nos ha dado
un gran Amor, que se nos ha dirigido una Palabra
buena, y que, si acogemos esta Palabra, que es
Jesucristo, Palabra encarnada, el Espíritu Santo
nos transforma, ilumina nuestro camino hacia
el futuro, y da alas a nuestra esperanza para recorrerlo
con alegría. Fe, esperanza y caridad, en
admirable urdimbre, constituyen el dinamismo
de la existencia cristiana hacia la comunión plena
con Dios. ¿Cuál es la ruta que la fe nos descubre?
¿De dónde procede su luz poderosa que permite
iluminar el camino de una vida lograda y fecunda,
llena de fruto?
11
CAPÍTULO PRIMERO
HEMOS CREÍDO EN EL AMOR
(cf. 1 Jn 4,16)
Abrahán, nuestro padre en la fe
8. La fe nos abre el camino y acompaña nuestros
pasos a lo largo de la historia. Por eso, si queremos
entender lo que es la fe, tenemos que narrar
su recorrido, el camino de los hombres creyentes,
cuyo testimonio encontramos en primer lugar en
el Antiguo Testamento. En él, Abrahán, nuestro
padre en la fe, ocupa un lugar destacado. En su
vida sucede algo desconcertante: Dios le dirige
la Palabra, se revela como un Dios que habla y
lo llama por su nombre. La fe está vinculada a la
escucha. Abrahán no ve a Dios, pero oye su voz.
De este modo la fe adquiere un carácter personal.
Aquí Dios no se manifiesta como el Dios de un
lugar, ni tampoco aparece vinculado a un tiempo
sagrado determinado, sino como el Dios de una
persona, el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, capaz
de entrar en contacto con el hombre y establecer
una alianza con él. La fe es la respuesta a una Palabra
que interpela personalmente, a un Tú que
nos llama por nuestro nombre.
12
9. Lo que esta Palabra comunica a Abrahán es
una llamada y una promesa. En primer lugar es
una llamada a salir de su tierra, una invitación a
abrirse a una vida nueva, comienzo de un éxodo
que lo lleva hacia un futuro inesperado. La visión
que la fe da a Abrahán estará siempre vinculada
a este paso adelante que tiene que dar: la fe « ve »
en la medida en que camina, en que se adentra
en el espacio abierto por la Palabra de Dios. Esta
Palabra encierra además una promesa: tu descendencia
será numerosa, serás padre de un gran
pueblo (cf. Gn 13,16; 15,5; 22,17). Es verdad que,
en cuanto respuesta a una Palabra que la precede,
la fe de Abrahán será siempre un acto de memoria.
Sin embargo, esta memoria no se queda en
el pasado, sino que, siendo memoria de una promesa,
es capaz de abrir al futuro, de iluminar los
pasos a lo largo del camino. De este modo, la fe,
en cuanto memoria del futuro, memoria futuri, está
estrechamente ligada con la esperanza.
10. Lo que se pide a Abrahán es que se fíe de
esta Palabra. La fe entiende que la palabra, aparentemente
efímera y pasajera, cuando es pronunciada
por el Dios fiel, se convierte en lo más
seguro e inquebrantable que pueda haber, en lo
que hace posible que nuestro camino tenga continuidad
en el tiempo. La fe acoge esta Palabra
como roca firme, para construir sobre ella con
sólido fundamento. Por eso, la Biblia, para hablar
de la fe, usa la palabra hebrea ’emûnah, derivada
del verbo ’amán, cuya raíz significa « sostener ». El
13
término ’emûnah puede significar tanto la fidelidad
de Dios como la fe del hombre. El hombre
fiel recibe su fuerza confiándose en las manos de
Dios. Jugando con las dos acepciones de la palabra
—presentes también en los correspondientes
términos griego (pistós) y latino (fidelis)—, san Cirilo
de Jerusalén ensalza la dignidad del cristiano,
que recibe el mismo calificativo que Dios: ambos
son llamados « fieles ».8 San Agustín lo explica así:
« El hombre es fiel creyendo a Dios, que promete;
Dios es fiel dando lo que promete al hombre ».9
11. Un último aspecto de la historia de Abrahán
es importante para comprender su fe. La Palabra
de Dios, aunque lleva consigo novedad y sorpresa,
no es en absoluto ajena a la propia experiencia
del patriarca. Abrahán reconoce en esa voz que
se le dirige una llamada profunda, inscrita desde
siempre en su corazón. Dios asocia su promesa a
aquel « lugar » en el que la existencia del hombre
se manifiesta desde siempre prometedora: la paternidad,
la generación de una nueva vida: « Sara
te va a dar un hijo; lo llamarás Isaac » (Gn 17,19).
El Dios que pide a Abrahán que se fíe totalmente
de él, se revela como la fuente de la que proviene
toda vida. De esta forma, la fe se pone en relación
con la paternidad de Dios, de la que procede
la creación: el Dios que llama a Abrahán es el
Dios creador, que « llama a la existencia lo que
no existe » (Rm 4,17), que « nos eligió antes de la
8 Cf. Catechesis V, 1: PG 33, 505A.
9 In Psal. 32, II, s. I, 9: PL 36, 284.
14
fundación del mundo… y nos ha destinado a ser
sus hijos » (Ef 1,4-5). Para Abrahán, la fe en Dios
ilumina las raíces más profundas de su ser, le permite
reconocer la fuente de bondad que hay en
el origen de todas las cosas, y confirmar que su
vida no procede de la nada o la casualidad, sino
de una llamada y un amor personal. El Dios misterioso
que lo ha llamado no es un Dios extraño,
sino aquel que es origen de todo y que todo lo
sostiene. La gran prueba de la fe de Abrahán, el
sacrificio de su hijo Isaac, nos permite ver hasta
qué punto este amor originario es capaz de garantizar
la vida incluso después de la muerte. La
Palabra que ha sido capaz de suscitar un hijo con
su cuerpo « medio muerto » y « en el seno estéril »
de Sara (cf. Rm 4,19), será también capaz de garantizar
la promesa de un futuro más allá de toda
amenaza o peligro (cf. Hb 11,19; Rm 4,21).
La fe de Israel
12. En el libro del Éxodo, la historia del pueblo
de Israel sigue la estela de la fe de Abrahán. La
fe nace de nuevo de un don originario: Israel se
abre a la intervención de Dios, que quiere librarlo
de su miseria. La fe es la llamada a un largo camino
para adorar al Señor en el Sinaí y heredar
la tierra prometida. El amor divino se describe
con los rasgos de un padre que lleva de la mano a
su hijo por el camino (cf. Dt 1,31). La confesión
de fe de Israel se formula como narración de los
beneficios de Dios, de su intervención para liberar
y guiar al pueblo (cf. Dt 26,5-11), narración
15
que el pueblo transmite de generación en generación.
Para Israel, la luz de Dios brilla a través de
la memoria de las obras realizadas por el Señor,
conmemoradas y confesadas en el culto, transmitidas
de padres a hijos. Aprendemos así que
la luz de la fe está vinculada al relato concreto
de la vida, al recuerdo agradecido de los beneficios
de Dios y al cumplimiento progresivo de sus
promesas. La arquitectura gótica lo ha expresado
muy bien: en las grandes catedrales, la luz llega
del cielo a través de las vidrieras en las que está
representada la historia sagrada. La luz de Dios
nos llega a través de la narración de su revelación
y, de este modo, puede iluminar nuestro camino
en el tiempo, recordando los beneficios divinos,
mostrando cómo se cumplen sus promesas.
13. Por otro lado, la historia de Israel también
nos permite ver cómo el pueblo ha caído tantas
veces en la tentación de la incredulidad. Aquí, lo
contrario de la fe se manifiesta como idolatría.
Mientras Moisés habla con Dios en el Sinaí, el
pueblo no soporta el misterio del rostro oculto
de Dios, no aguanta el tiempo de espera. La fe,
por su propia naturaleza, requiere renunciar a la
posesión inmediata que parece ofrecer la visión,
es una invitación a abrirse a la fuente de la luz,
respetando el misterio propio de un Rostro, que
quiere revelarse personalmente y en el momento
oportuno. Martin Buber citaba esta definición
de idolatría del rabino de Kock: se da idolatría
cuando « un rostro se dirige reverentemente a un
16
rostro que no es un rostro ».10 En lugar de tener
fe en Dios, se prefiere adorar al ídolo, cuyo
rostro se puede mirar, cuyo origen es conocido,
porque lo hemos hecho nosotros. Ante el ídolo,
no hay riesgo de una llamada que haga salir de
las propias seguridades, porque los ídolos « tienen
boca y no hablan » (Sal 115,5). Vemos entonces
que el ídolo es un pretexto para ponerse
a sí mismo en el centro de la realidad, adorando
la obra de las propias manos. Perdida la orientación
fundamental que da unidad a su existencia,
el hombre se disgrega en la multiplicidad de sus
deseos; negándose a esperar el tiempo de la promesa,
se desintegra en los múltiples instantes de
su historia. Por eso, la idolatría es siempre politeísta,
ir sin meta alguna de un señor a otro. La
idolatría no presenta un camino, sino una multitud
de senderos, que no llevan a ninguna parte, y
forman más bien un laberinto. Quien no quiere
fiarse de Dios se ve obligado a escuchar las voces
de tantos ídolos que le gritan: « Fíate de mí ».
La fe, en cuanto asociada a la conversión, es lo
opuesto a la idolatría; es separación de los ídolos
para volver al Dios vivo, mediante un encuentro
personal. Creer significa confiarse a un amor misericordioso,
que siempre acoge y perdona, que
sostiene y orienta la existencia, que se manifiesta
poderoso en su capacidad de enderezar lo torcido
de nuestra historia. La fe consiste en la disponibilidad
para dejarse transformar una y otra vez
10 M. Buber, Die Erzählungen der Chassidim, Zürich 1949, 793.
17
por la llamada de Dios. He aquí la paradoja: en el
continuo volverse al Señor, el hombre encuentra
un camino seguro, que lo libera de la dispersión a
que le someten los ídolos.
14. En la fe de Israel destaca también la figura
de Moisés, el mediador. El pueblo no puede
ver el rostro de Dios; es Moisés quien habla con
yhwh en la montaña y transmite a todos la voluntad
del Señor. Con esta presencia del mediador,
Israel ha aprendido a caminar unido. El acto de
fe individual se inserta en una comunidad, en el
« nosotros » común del pueblo que, en la fe, es
como un solo hombre, « mi hijo primogénito »,
como llama Dios a Israel (Ex 4,22). La mediación
no representa aquí un obstáculo, sino una apertura:
en el encuentro con los demás, la mirada se
extiende a una verdad más grande que nosotros
mismos. J. J. Rousseau lamentaba no poder ver
a Dios personalmente: « ¡Cuántos hombres entre
Dios y yo! ».11 « ¿Es tan simple y natural que
Dios se haya dirigido a Moisés para hablar a
Jean Jacques Rousseau? ».12 Desde una concepción
individualista y limitada del conocimiento,
no se puede entender el sentido de la mediación,
esa capacidad de participar en la visión del otro,
ese saber compartido, que es el saber propio del
amor. La fe es un don gratuito de Dios que exige
la humildad y el valor de fiarse y confiarse, para
11 Émile, Paris 1966, 387.
12 Lettre à Christophe de Beaumont, Lausanne 1993, 110.
18
poder ver el camino luminoso del encuentro entre
Dios y los hombres, la historia de la salvación.
La plenitud de la fe cristiana
15. « Abrahán […] saltaba de gozo pensando
ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría » (Jn 8,56).
Según estas palabras de Jesús, la fe de Abrahán
estaba orientada ya a él; en cierto sentido, era una
visión anticipada de su misterio. Así lo entiende
san Agustín, al afirmar que los patriarcas se salvaron
por la fe, pero no la fe en el Cristo ya venido,
sino la fe en el Cristo que había de venir, una
fe en tensión hacia el acontecimiento futuro de
Jesús.13 La fe cristiana está centrada en Cristo, es
confesar que Jesús es el Señor, y Dios lo ha resucitado
de entre los muertos (cf. Rm 10,9). Todas
las líneas del Antiguo Testamento convergen en
Cristo; él es el « sí » definitivo a todas las promesas,
el fundamento de nuestro « amén » último a
Dios (cf. 2 Co 1,20). La historia de Jesús es la
manifestación plena de la fiabilidad de Dios. Si
Israel recordaba las grandes muestras de amor de
Dios, que constituían el centro de su confesión y
abrían la mirada de su fe, ahora la vida de Jesús se
presenta como la intervención definitiva de Dios,
la manifestación suprema de su amor por nosotros.
La Palabra que Dios nos dirige en Jesús no
es una más entre otras, sino su Palabra eterna (cf.
Hb 1,1-2). No hay garantía más grande que Dios
13 Cf. In Ioh. Evang., 45, 9: PL 35, 1722-1723.
19
nos pueda dar para asegurarnos su amor, como
recuerda san Pablo (cf. Rm 8,31-39). La fe cristiana
es, por tanto, fe en el Amor pleno, en su poder
eficaz, en su capacidad de transformar el mundo
e iluminar el tiempo. « Hemos conocido el amor
que Dios nos tiene y hemos creído en él » (1 Jn
4,16). La fe reconoce el amor de Dios manifestado
en Jesús como el fundamento sobre el que se
asienta la realidad y su destino último.
16. La mayor prueba de la fiabilidad del amor
de Cristo se encuentra en su muerte por los hombres.
Si dar la vida por los amigos es la demostración
más grande de amor (cf. Jn 15,13), Jesús
ha ofrecido la suya por todos, también por los
que eran sus enemigos, para transformar los corazones.
Por eso, los evangelistas han situado en
la hora de la cruz el momento culminante de la
mirada de fe, porque en esa hora resplandece el
amor divino en toda su altura y amplitud. San
Juan introduce aquí su solemne testimonio cuando,
junto a la Madre de Jesús, contempla al que
habían atravesado (cf. Jn 19,37): « El que lo vio da
testimonio, su testimonio es verdadero, y él sabe
que dice la verdad, para que también vosotros
creáis » (Jn 19,35). F. M. Dostoievski, en su obra
El idiota, hace decir al protagonista, el príncipe
Myskin, a la vista del cuadro de Cristo muerto
en el sepulcro, obra de Hans Holbein el Joven:
« Un cuadro así podría incluso hacer perder la fe
20
a alguno ».14 En efecto, el cuadro representa con
crudeza los efectos devastadores de la muerte en
el cuerpo de Cristo. Y, sin embargo, precisamente
en la contemplación de la muerte de Jesús, la
fe se refuerza y recibe una luz resplandeciente,
cuando se revela como fe en su amor indefectible
por nosotros, que es capaz de llegar hasta la
muerte para salvarnos. En este amor, que no se
ha sustraído a la muerte para manifestar cuánto
me ama, es posible creer; su totalidad vence cualquier
suspicacia y nos permite confiarnos plenamente
en Cristo.
17. Ahora bien, la muerte de Cristo manifiesta
la total fiabilidad del amor de Dios a la luz de
la resurrección. En cuanto resucitado, Cristo es
testigo fiable, digno de fe (cf. Ap 1,5; Hb 2,17),
apoyo sólido para nuestra fe. « Si Cristo no ha
resucitado, vuestra fe no tiene sentido », dice san
Pablo (1 Co 15,17). Si el amor del Padre no hubiese
resucitado a Jesús de entre los muertos, si
no hubiese podido devolver la vida a su cuerpo,
no sería un amor plenamente fiable, capaz de iluminar
también las tinieblas de la muerte. Cuando
san Pablo habla de su nueva vida en Cristo, se
refiere a la « fe del Hijo de Dios, que me amó y
se entregó por mí » (Ga 2,20). Esta « fe del Hijo
de Dios » es ciertamente la fe del Apóstol de los
gentiles en Jesús, pero supone la fiabilidad de Jesús,
que se funda, sí, en su amor hasta la muerte,
14 Parte II, IV.
21
pero también en ser Hijo de Dios. Precisamente
porque Jesús es el Hijo, porque está radicado de
modo absoluto en el Padre, ha podido vencer a la
muerte y hacer resplandecer plenamente la vida.
Nuestra cultura ha perdido la percepción de esta
presencia concreta de Dios, de su acción en el
mundo. Pensamos que Dios sólo se encuentra
más allá, en otro nivel de realidad, separado de
nuestras relaciones concretas. Pero si así fuese,
si Dios fuese incapaz de intervenir en el mundo,
su amor no sería verdaderamente poderoso, verdaderamente
real, y no sería entonces ni siquiera
verdadero amor, capaz de cumplir esa felicidad
que promete. En tal caso, creer o no creer en él
sería totalmente indiferente. Los cristianos, en
cambio, confiesan el amor concreto y eficaz de
Dios, que obra verdaderamente en la historia y
determina su destino final, amor que se deja encontrar,
que se ha revelado en plenitud en la pasión,
muerte y resurrección de Cristo.
18. La plenitud a la que Jesús lleva a la fe tiene
otro aspecto decisivo. Para la fe, Cristo no es sólo
aquel en quien creemos, la manifestación máxima
del amor de Dios, sino también aquel con quien
nos unimos para poder creer. La fe no sólo mira a
Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús,
con sus ojos: es una participación en su modo
de ver. En muchos ámbitos de la vida confiamos
en otras personas que conocen las cosas mejor
que nosotros. Tenemos confianza en el arquitecto
que nos construye la casa, en el farmacéutico que
22
nos da la medicina para curarnos, en el abogado
que nos defiende en el tribunal. Tenemos necesidad
también de alguien que sea fiable y experto
en las cosas de Dios. Jesús, su Hijo, se presenta
como aquel que nos explica a Dios (cf. Jn 1,18).
La vida de Cristo —su modo de conocer al Padre,
de vivir totalmente en relación con él— abre
un espacio nuevo a la experiencia humana, en el
que podemos entrar. La importancia de la relación
personal con Jesús mediante la fe queda reflejada
en los diversos usos que hace san Juan del verbo
credere. Junto a « creer que » es verdad lo que Jesús
nos dice (cf. Jn 14,10; 20,31), san Juan usa también
las locuciones « creer a » Jesús y « creer en »
Jesús. « Creemos a » Jesús cuando aceptamos su
Palabra, su testimonio, porque él es veraz (cf. Jn
6,30). « Creemos en » Jesús cuando lo acogemos
personalmente en nuestra vida y nos confiamos a
él, uniéndonos a él mediante el amor y siguiéndolo
a lo largo del camino (cf. Jn 2,11; 6,47; 12,44).
Para que pudiésemos conocerlo, acogerlo
y seguirlo, el Hijo de Dios ha asumido nuestra
carne, y así su visión del Padre se ha realizado
también al modo humano, mediante un camino
y un recorrido temporal. La fe cristiana es fe en
la encarnación del Verbo y en su resurrección en
la carne; es fe en un Dios que se ha hecho tan
cercano, que ha entrado en nuestra historia. La
fe en el Hijo de Dios hecho hombre en Jesús de
Nazaret no nos separa de la realidad, sino que
nos permite captar su significado profundo, descubrir
cuánto ama Dios a este mundo y cómo
23
lo orienta incesantemente hacía sí; y esto lleva
al cristiano a comprometerse, a vivir con mayor
intensidad todavía el camino sobre la tierra.
La salvación mediante la fe
19. A partir de esta participación en el modo de
ver de Jesús, el apóstol Pablo nos ha dejado en sus
escritos una descripción de la existencia creyente. El
que cree, aceptando el don de la fe, es transformado
en una creatura nueva, recibe un nuevo ser, un ser
filial que se hace hijo en el Hijo. « Abbá, Padre », es la
palabra más característica de la experiencia de Jesús,
que se convierte en el núcleo de la experiencia cristiana
(cf. Rm 8,15). La vida en la fe, en cuanto existencia
filial, consiste en reconocer el don originario y
radical, que está a la base de la existencia del hombre,
y puede resumirse en la frase de san Pablo a los Corintios:
« ¿Tienes algo que no hayas recibido? » (1 Co
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